El Indigente

indi

La casa del hermano de Jenny  quedaba a unas cuadras de la de su mamá, con quien ella vivía. El le pidió el favor  de buscar unos documentos y que se los llevara, ella le dijo que si, quería salir de la casa. Los antidepresivos estaban haciendo efecto y se sentía más relajada y tranquila. Ya  no estaba tan ansiosa y con esas ganas terribles de suicidarse que le daban cada tanto.

La casa quedaba justo al lado de un local de venta de licor. El letrero decia que no se debe ingerir bebidas alcohólicas allí, pero como en todo país latino, las leyes no sirven de nada, habían unos borrachos a las 10am tomando y diciendo groserías.

Jenny  los veía  y sintió  pena por ellos. Tocó la puerta y nadie salía. Esperó e intento no ver a los borrachos para que no le dijeran cosas indebidas, esos “piropos” que ninguna chica pide pero que la mayoría de los hombres están acostumbrados a decir.

Ninguno la miraba. Suspiró aliviada. Tocó nuevamente la puerta y se dio por vencida. Estaba a punto de irse y al voltear le llama la atención uno de los borrachos. Parecía un indigente, tenía el cabello rubio, quemado por el sol,  le llegaba por los hombros todo enredado,  sus ropas sucias y rotas,  de tez blanca y ojos claros, su cara tenía heridas mal sanadas, quizás de algunas peleas anteriores, era totalmente desagradable.

Se reía a carcajadas, tomo una botella de vodka, la abrió y se tomó más de la mitad. Inmediatamente comenzó  a tener horcajadas, se paró a pocos metros de Jenny y comenzó a vomitar sangre.

Esa escena, por más asquerosa que pudo ser, despertó algo instintivo en ella. Se quedó allí,  a dos metros del borracho, mirándolo extasiada, excitada, mientras el descargaba lo que salía de sus entrañas producto de alguna enfermedad, además de su alcoholismo. Sentía deseos de acercarse a él, de besarlo, de que la hiciera suya en ese momento y la penetrara con fuerza contra la pared.

Como si de un sueño se tratara, despertó con esos sentimientos extraños carcomiéndola por dentro, su piel erizada, su vagina húmeda e hinchada. El indigente, al terminar, levanto la mirada que se cruzó con la de ella unos segundos,. Jenny salió corriendo.

Llegó a mi casa, entró a su cuarto, cerró la puerta con seguro, y comenzó a masturbarme con frenesí y con la imagen del borracho en sumente, acostada en la cama.

Pasaron los días y ese deseo de verlo no pasaba. No entendía que pasaba. Se sentía enamorada.  Su mente le decía que era una locura, que era un total extraño, además lucia totalmente despreciable, era un alcohólico y un enfermo, un viejo asqueroso, “por que lo deseo tanto?, pensaba. De tanto darle vueltas al asunto concluyó que era producto de los antidepresivos pero, le daba vergüenza contarle eso al psicólogo.   Le daba vergüenza contarle a cualquier persona!

Empezó a buscar excusas para ir a casa de su hermano, solo para verlo. El borracho prácticamente vivía allí. A veces estaba tirado en el piso con su botella en la mano. A veces la  veía y otras veces no. Jenny solo se deleitaba mirándolo de reojo.

Muchas veces llamaba por teléfono a su hermano para cerciorarse de que no estuviese en la casa solo para estar más tiempo en la puerta fingiendo tocar, con la intención de verlo.

Creo que ni siquiera ese hombre se cambiaba la ropa y no le importaba. Cada dia que lo veía, se encerraba en su cuarto y se masturbaba con su imagen.

Un día tomo un poco de valor y le dijo a su hermana que le gustaba alguien, pero no le dijo quién.  El valor no llegaba a tanto. Su hermana insistía “Dime, dime quién es?”

Entre tanta insistencia, finalmente accedió. Pero al llegar, no pudo decirle! Estaban allí frente a la puerta de siempre, la hermana  veía a todos lados e ignoraba a los borrachos, pero allí estaba el amor, su amor. Y Jenny  lo veía y lo veía extasiada pero intentando disimular.

“Que borrachos asquerosos” dijo la muchacha, volteando solo un segundo. Se sonrojó y su corazón saltaba de emoción viéndolo.

Otro dia caminaba por la calle con su mama y e hombre  venía de frente a ellas, en la misma acera, con su ropa rota y sucia y su cara siempre lastimada y con ampollas.

-Viene un indigente, hija, crucemos la calle, que me da miedo- Dijo su mama.

-No!- Saltó a decir Jenny- No, mama, sigamos por acá- Quería cruzárselo de frente y verlo asi, cerca de ella.

-Hija, y si nos hace algo, no, no! Crucemos- La halo del brazo y la obligó a cruzar la calle. Vio con tristeza como se alejaba.

Siguió con el ritual de ir a casa de su hermano para verlo, regresar a su cuarto y masturbarse imaginándolo.

Imaginaba que la llevaba a un callejón, tan sucio como el, a su cama, un pedazo de carton en el suelo. Sentia sus labios con ampollas sobre los suyos, acariciaba su cara lastimada con ternura, mientras él la desvestía y le hacia el amor con salvajismo, con fuerza!

La excitaba tanto! La mojaba tanto!

Le contó  a su mejor amiga todo lo que le pasaba. Primero su risa, luego su preocupación.

-A mi si me dirás quien es- Exigió.

Fueron esa misma tarde pero no estaba. Se preocupó. Donde estará mi amor? Se preguntaba. Esperaba que no le haya pasado nada.

Al día siguiente su amiga la invita a comer. Se sentaron en una mesa y en un banco, justo frente a ellas estaba el indigente. El  corazón de Jenny como siempre se emocionó!

_te pasa algo? Pregunta su amiga

-No, respondió pero por dentro pasaban muchas cosas

Se dio cuenta que el indigente las estaba mirando. No lo podía creer. “Me mira a mi.. No! Mira a mi amiga. “Se acerca. Se puede sentir su olor a licor tan cerca de ellas.

_Hola mami!- Le dice a la amiga, su olor las envolvía. La muchacha hace una mueca de asco que se convierte en disgusto.

_Como se le ocurre acercarse y decirme eso, no se ve en un espejo, viejo verde y asqueroso-Ella se levanta y le grita- Aléjese de mi viejo enfermo, déjeme en paz o grito-

EL indigente se siente todo contrariado y se va a su banco, mientras todos veían la escena.

Se escuchó decir a la gente “que asco”, “Pobre enfermo”, “mira su cara, que asqueroso viejo”

La amiga se sienta y le dice

-Que viejo asqueroso, uuyyy olía súper mal. Qué asco, me dio nauseas-

Jenny estaba callada. Se sentía extraña.

-No me digas que el viejo que te gusta está peor que este, no creo-

-No. No. Para nada. Pero no lo he visto más. Creo que se murió- y de hecho, el sentimiento, el amor, el deseo, las ganas, murieron ese día.

 

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